Bienaventurados los hombres que golpean la conciencia sin remordimiento, acosados por el miedo al tormento, ignorados hasta el cansancio, inconcientes de sus hechos.
Son las victimas del día a día, del duro trabajo y del débil sueldo.
Son los hijos de sus padres, y los nietos de sus abuelos.
Son los padres de la miseria y del control autoritario.
Quieren llegar a sus casas y reposar el peso de sus cabezas, sobre esa almohada tan llena de sueños frustrados, de fabulas irracionales, de verdades censuradas.
El reloj indica el final del descanso y les recuerda que lo más cruel del invierno les espera afuera, junto a esas calles vacías y las últimas horas de la noche.
El trayecto se hace tan corto cuando uno no desea llegar, pobres hombres bienaventurados, imposible les es soñar con el verano, con unos mates en el patio, y con la pasión olvidada.
Resignados a vivir anestesiados, a masticar la sopa, tomar la carne, saborear lo amargo de lo rancio. Aprenden a disfrutar de un baño caliente, una toalla mojada, un vaso de agua, A olvidar el dolor de espalda, los calambres y la migraña.
Ellos entienden que al subir tendrán que elegir el asiento más cómodo para poder reposar 35 minutos mas, deseando que ese motor deje de funcionar, que esa ventana se pueda cerrar y esa mujer desconocida de al lado los abrace y les diga: dame mas almohada, no me robes las frazadas…
Continúan su trayecto sin interrupciones, pobres hombres bienaventurados.
Donde esconden sus lágrimas, inundan y ahogan su felicidad, odian no poder comprar más pan, ladrillos para regalar sus chapas, una pelota para poder jugar, un ramo de rosas para poder amar, ellos saben más que nadie que no necesitan de rosas para crear amor, ni de pelotas para poder jugar. Solo les gustaría poder demostrar más de lo que podrían dar.
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