
en memoria de tanto dolor:
De repente la noche más agobiante comenzaba alejarse del pueblo, y las desdichadas luces amarillentas bañaban con un sutil y moribundo reflejo las casas, esas casas que
se perdían entre los empedrados y las canaletas.
El dulce aroma que desprendía la tierra al transpirar sus nutrientes, perfumaba con prudencia y le daba el toque faltante a esa noche perfecta.
Justo allí la acuarela se dio cuenta que amaba al lienzo y que cada roce - producido por terceros- hacia crecer en ellos el deseo de poseer boca y dientes para poder desatar la pasión acumulada.
Más allá despertó el joven, con el corazón desangrado y la voluntad media muerta, con la rabia más que pálida, y la conciencia podrida. Ya cansado de su optimismo, de transformar lo malo en bueno:
–Esto me cuesta tanto, esto me cuesta tanto-decía el muchacho- Maldita madre. ¿Por que me has parido en este calvario?
La sangre de su corazón alimentaba de colores sus ojos, y la interminable amargura segregaba su cuerpo, una y otra vez sin piedad, bañándolo con esponjas asesinas y con agua tibia. El agachaba su cabeza en su palangana –esta ya le quedaba chica- y con un vasito de cobre derramaba todo sobre su nunca. Luego se paraba como marioneta y se dejaba secar por la luna. Pero todo eso cuando tenía ganas, ahora el yacía en su cama casi muerto, buscando calor entre sus piernas –solo para evadir la profunda soledad que ya lo envolvía con confianza-. La cama desconoció al muchacho.
Y ahí se encontraba parado: con unos cuantos kilos de menos, mirándose se asqueaba con tanta imagen de velorio, de final trágico.
Aunque el éxtasis llego, el dolor no ceso
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