
Descontrolados por las pocas ideas que nos quedaban, el día se terminaba y teníamos, o mejor dicho tenía que accionar. Fue en ese momento donde tome un cuchillo -de esos que no cortan pero quitan vidas- me subí al auto, y poco después toque el timbre del comisario Alberto Fiond y descargue mis 39 puñaladas en el, una por cada compañero muerto en lucha. Le di muerte.
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