UNO:
[Dame mil años para no vivirlos y un suspiro comprimido por el frió de la lluvia que no moja pero molesta.]
El jardín en la memoria-lengua desolada- es el lugar donde los conejos se prenden fuego y devoran zanahorias con olor a pesticidas.
El conejo mayor construye con esfuerzo una covacha de pasto seco y alma vieja, el conejo menor lo mira con su sustantivo casi objeto de adjetivo sin diminutivo-mirada que solo el cazador furtivo reconoce –
[Los mil años que pedí llegaron a casa con papel madera y un moño festivo]
Jesús te ama… ¿y a mi quien mierda me hace la entrega de esa barba sin amor? si la aceptación de un cielo consta de una aceptación sobre uno, sobre una oscura mirada a un pasado rencoroso.
OH! Amado conejo mayor, invítame a tu covacha (sol de luna nueva)
Cuando uno pide tanto que su boca llega a llenarse de aire seco. Uno tendría que saber que: hablar es muy fácil, pero entender y usar el conjuro de cerrar la boca, ya que el espacio que se crea entre los viajantes por falta de lenguaje verbal es realmente maravilloso.
Mi conejo juega a que en su corazón salvaje existe un terrible bosque llamada inocencia, en el la oscuridad se compra en bolsas color madera.
Mi conejo tiene mirada triste y por las noches me busca para que lo tome entre mis brazos y lo vea llorar.
Mi conejo esta viejo de feto y me muerde los ojos con dulzura.
Mil años fuera del núcleo con mi conejo.
En un pequeño pueblo siempre existe un amor tan poderoso que mata al mismísimo.
En una casa pequeña siempre sobran motivos para reventarse los dedos contra la pobreza.
En la tierra siempre existe un motivo abstracto para escaparse de los días olvidados.
Mi conejo tiene corazón de campo y odia la ciudad, el constante pip-yut y plum de esas bocinas asquerosas que apuran y saturan al viajante observador.
Mi conejo quiere volver al núcleo, yo lloro de la angustia
Mi conejo se alejo doscientos años, mas yo no puedo olvidar su maldito olor.
Solo y triste, mi el busca al yo de hace doscientos años pasados.
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